¡Volvió el tenis!

¡Volvieron el tenis y el golf! Pero qué alegría. En el campo de golf están llenando el estanque y seguro que próximamente ya veremos golfista caminar por las verdes praderas. También volvió el tenis y ahora los tenistas bajan de sus autos exultantes y se saludan con el puño (¿no era el codo? bueno, debe ser algo por ahí). Me alegro por ellos que ahora pueden disfrutar plenamente de su deporte y dejar de jugar clandestinamente como le venían haciendo desde hace meses. El problema con la natación serían los vestuarios, por la concentración de cloro que hay en el agua no podría haber contagio. Levante la mano el que esté dispuesto a salir en bata desde su casa, nadar y volver chorreando agua. 


Burra corriendo

Hoy salí a correr más tarde. No crucé ni a la patinadora ni al triatleta Hernán. Cuando llegué a Olleros adelante mío corría un tipo que resoplaba como caballo. Cada 20 segundos un resoplido. No le veía la boca pero se escuchaba cómo los labios ondeaban con la exhalación. Hoy corro como una burra, lenta y con miedo: desde hace una semana ando con un dolor en el aductor mayor. Es un dolor que convoqué mentalmente, me había llamado la atención que no me doliera la rodilla izquierda que tradicionalmente me duele al correr. Estuve intentando elongar más la pierna en cuestión y también de correr más erguida (tratando de que el abdomen se consumiera mi peso) y creo que me hace mejor pero igual me duele. Piso prudente el piso, pienso tanto en cómo dar los pasos que creo que arruino cualquier motricidad sana. 

Cuando estoy terminando de dar la primera vuelta me cruzo a las alemanas: primero a la madre, después a la hija. La madre corre muy bien, tiene las pantorrillas de un futbolista y parece de 35 años pero debe tener más. La hija es la mejor corredora del mundo, no tengo dudas de eso. Apenas toca la tierra para impulsarse, los pies se proyectan ligeros y el suelo no debe ni sentir su peso. Sé que son alemanas porque además de rubias se gritan en alemán palabras ininteligibles cuando se cruzan (corren por separado, tienen objetivos distintos). Me encantaría poder preguntarles algo. Cómo sacarme de encima el dolor o cómo hacer para correr mejor. La hija una vez me saludó pero después yo no supe mantener el saludo. Corre muy rápido.


Relojes

Hoy el cielo se presenta rosáceo. No tengo palabras en francés para decirlo. Cruzo a la patinadora de pelo negro azabache, lleva su campera dorada y calzas negras en estricta combinación con el asfalto y su pelo vuela con el impulso. Me pasa un corredor de esos que llevan cinturón con botellitas mínimas de agua. Me autopercibo mala corredora. “Levantá las rodillas”, diría mi hermano Nacho. El corredor baja el ritmo más adelante, toma una de sus botellitas. Lo paso. Para cuando empiezo a dar la vuelta al lago me pasa nuevamente, esta vez mira su reloj. Seguro es uno de esos relojes que te dicen hasta el minuto y segundo en el que te vas a morir. Nunca tuve uno de esos relojes, siempre confié en el reloj de la persona que dirige el entrenamiento (ya esté adentro o afuera del agua) o en los cronómetros de agujas de colores que idealmente se encuentran al costado de las piletas. En las piletas de primer mundo siempre hay uno; en la de Chacarita instalaron uno cuando desembarcó Pablo Fajián con sus tropas de nadadores; y en Harrods hay un reloj de cocina  que es imposible de ver desde cualquier ángulo de la pileta. Por mi parte, tuve relojes con cronómetros muy básicos, una vez me prestaron uno que contaba hasta las brazadas que hacía por largo. 

Me acordé de Scott, un canadiense con el que compartí andarivel unos cuantos meses, hablaba mal francés y se refería peyorativamente a los otros nadadores como “les grands hommes”. Le costaba mucho la r francesa. Scott nadaba fuerte pero siempre con pullboy, yo lo dejaba pasar sistemáticamente, ese acuerdo tácito era la base de nuestra buena convivencia. Decía que en Canadá sí había buenos nadadores, él, por ejemplo, no osaba entrar al andarivel rápido. 

Para cuando termino de dar la segunda vuelta el cielo ya se muestra como realmente estaba destinado a estar: nublado. Me acerco a la zona de ejercicios que la empresa Parquizar se empeña en cercar con cintas y redes todos los días. Ya me saludo con el forzudo que hace tríceps en las barras. El levanta un brazo y yo le respondo levantando el mío. Paso la cinta por la barra del escalador y empiezo a tirar. Hago de cuenta que estoy braceando. 

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